Me cuesta decirlo en voz alta porque suena exagerado, pero tengo miedo casi todo el tiempo. Miedo a enfermar, a que me pase algo de repente, a no estar aquí mañana. Miedo a la muerte. A la mía y, sobre todo, a la de los demás.
Se trata de ansiedad. Y no, no eres la única persona a la que le sucede.
Tengo 38 años y una niña pequeña. Desde que soy madre, el miedo se ha vuelto más grande. Más presente. Antes ya era una persona nerviosa, aprensiva, de darle muchas vueltas a todo. Pero ahora es distinto. Ahora siento que el peligro puede aparecer en cualquier momento.
Duermo mal. Me acuesto cansada, pero la cabeza no se apaga. Empiezo a notar el cuerpo: el corazón, la respiración, cualquier sensación rara. Y en cuanto algo no encaja, la ansiedad sube. Me han dado ataques de pánico. De esos en los que crees que te estás muriendo de verdad. Aunque luego pase, el miedo se queda.
Durante el día intento hacer vida normal. Trabajo, cuido de mi hija, hago la compra, quedo con gente. Pero por dentro siempre hay una alerta encendida. Un “por si acaso”. Me cuesta disfrutar del todo porque siento que en cualquier momento algo puede romperse.
La ansiedad no siempre se ve, pero sí se siente. Y desgasta muchísimo
¿Qué ocurre con la ansiedad?
Pensamientos que no se van. Ideas que vuelven una y otra vez, aunque sepa que no tienen sentido.
Me preocupa mi salud, la de mi hija, la de mis padres. Llamo a mi familia muchas veces al día. No porque tenga algo concreto que decir, sino para comprobar que están bien. Si no contestan, me pongo peor. Me imagino lo peor. Y hasta que no hablo con ellos, no me quedo tranquila.
Sé que esto no es normal. O al menos sé que no es sano. A veces me digo que exagero, que no puede pasar nada todo el tiempo. Pero el cuerpo no entiende de razones. El miedo aparece igual.
Mi madre siempre fue muy protectora. De pequeña me cuidaba en exceso, estaba pendiente de todo, me advertía de todos los peligros. Yo crecí siendo una niña asustada, aunque muy querida. Siempre he tenido miedo, pero antes lo llevaba mejor. Ahora siento que se me ha ido de las manos.
Desde que soy madre tengo la sensación de que no quiero que me pase nada porque sino no podré cuidar de mi niña. El pensamiento que más me asusta no es morirme, es dejar sola a mi hija. No estar para ella.
Hay días en los que vivo agotada de tener miedo. De estar vigilando el cuerpo, la mente, el entorno. Me siento culpable por no disfrutar más de mi hija, por estar tantas veces en mi cabeza en lugar de estar presente.
He intentado tranquilizarme sola. Leer, informarme, controlar. Pero cuanto más intento controlar, más ansiedad tengo. Y he llegado a un punto en el que necesito ayuda. No quiero vivir así. No quiero que el miedo dirija mi vida ni que mi hija crezca con una madre siempre asustada. Quiero entender por qué me pasa esto, por qué ahora es tan intenso y qué puedo hacer para volver a sentirme segura.
No se trata de hacer desaparecer la ansiedad de golpe, sino de que deje de llevar el volante de tu vida.
“Dar el primer paso no significa tener todas las respuestas, sino decidir que mereces entender lo que sientes y avanzar desde ahí.”
Si al leer esta historia te has sentido identificada, no estás sola. El miedo a la enfermedad y a la muerte, los pensamientos obsesivos y la ansiedad constante son más comunes de lo que parece, especialmente en personas que han crecido en entornos muy protectores o que han asumido grandes responsabilidades, como la maternidad.
En terapia acompañamos a personas que viven atrapadas en el miedo y la hipervigilancia, ayudándolas a entender qué les pasa y a recuperar una sensación de calma y control real. Si sientes que el miedo está ocupando demasiado espacio en tu vida, puedes reservar una cita con nosotras. Pedir ayuda también es una forma de cuidarte

