Soy Lucía y tengo 32 años. No sé en qué momento empezó exactamente. No hubo una discusión grande ni un antes y un después claro. Simplemente, un día me di cuenta de que mi pareja me evitaba. No de forma evidente, no con palabras. Era más sutil. Menos contacto, menos miradas, menos iniciativa. Menos ganas.

Al principio pensé que eran cosas mías. Que estaría cansado, estresado, con la cabeza en otro sitio. Me repetía que no pasaba nada, que no había que darle importancia. Pero cuando algo se repite, deja de ser casualidad.

Empecé a notar que si yo me acercaba, él se apartaba.

No siempre, pero lo suficiente como para que doliera. Si intentaba iniciar algo sexual, solía haber una excusa: mañana madrugo, estoy agotado, hoy no tengo la cabeza. Me he sentido rechazada tantas veces que ya he dejado de insistir.

No es que hayamos dejado de querernos. Seguimos funcionando bien en el día a día. Nos llevamos bien, hablamos de cosas prácticas, compartimos planes. Desde fuera nadie diría que hay un problema. Pero en la intimidad hay una distancia que no sé cómo nombrar sin sentirme fatal. Duermo con él pero lo siento a kilómetros de mí.

Lo más difícil no es la falta de sexo en sí. Es lo que empiezo a pensar a partir de ahí. Que ya no le gusto. Que ya no me desea. Que algo en mí ha dejado de ser atractivo. Me miro al espejo con otros ojos. Me comparo con cómo era antes. Me pregunto si he cambiado demasiado, si me he descuidado, si hay algo que ya no funciona.

Hay días en los que me siento segura y pienso que esto no va de mí. Y otros en los que la inseguridad me gana. Me noto más pendiente de su reacción, de si se acerca o no, de si me mira o no. Y cuanto más pendiente estoy, más tensa me siento. 

He pensado en hablarlo muchas veces. Pero me frena el miedo a confirmar lo que no quiero oír. Miedo a que me diga que no le apetece, que no siente deseo, que no sabe qué le pasa. O peor aún, que no le pasa nada y que el problema soy yo. Así que voy callando. Me digo que no pasa nada. Que no hay que dramatizar. Pero por dentro hay frustración, tristeza y una sensación incómoda de rechazo que no se va sola.

Lo contradictorio es que cuanto más evitado me siento, más necesito sentirme deseada. Y cuanto más lo necesito, más me cuesta pedirlo sin sentir vergüenza. Como si desear ser deseada fuera algo infantil o excesivo.

No quiero reprocharle nada. No quiero presionarlo. Solo quiero entender qué está pasando entre nosotros y qué me está pasando a mí. 

 

Empiezo a darme cuenta de que esta situación no solo está afectando a la relación, sino también a cómo me veo y cómo me siento conmigo misma.

¿Qué pasa cuando sigues queriendo a tu pareja, pero ya no te sientes vista ni deseada?

Por eso he pedido ayuda. No porque mi relación esté rota, sino porque no quiero seguir sintiéndome invisible dentro de una relación en la que, en teoría, debería sentirme amada y deseada.

Si al leer esta historia te has sentido identificada… No significa que haya algo mal en ti. 

Muchas personas viven etapas de evitación, distancia y bloqueo del deseo en pareja, y eso acaba impactando directamente en la autoestima.

En terapia trabajamos con mujeres que se sienten frustradas, inseguras o poco deseadas dentro de su relación, ayudándolas a entender qué está ocurriendo y a recuperar un lugar desde el que poder hablar, sentirse válidas y volver a encontrarse. Si sientes que esta historia podría ser la tuya, puedes reservar una cita conmigo. A veces no se trata de gustar más, sino de sentirte correspondida.

Si tienes estos problemas, no dudes en contactar y pedir cita a través de nuestro Whatsapp

Contacto

Tlf/Whatsapp

615 94 63 03

Redes sociales

 

Usamos cookies propias y de terceros para análisis y personalización.   
Privacidad