No hemos venido aquí a pedir ayuda porque no nos queramos. De hecho, si algo tenemos claro es eso: nos queremos. Y por eso, quizá, nos duela tanto estar como estamos.

Tenemos dos hijos. Nuestras mañanas empiezan con prisas, mochilas y mal humor. Las noches suelen acabar con gritos porque estamos totalmente agotados. Entre medias, trabajamos, organizamos, resolvemos. Funcionamos. Pero convivir no es lo mismo que ser una pareja, o por lo menos cada vez sentimos que lo somos menos.

Discutimos mucho.

No siempre a gritos, pero sí con tensión. 

Se ha vuelto una rutina…

Por cosas pequeñas que en realidad no lo son tanto: quién llega tarde, quién está más cansado, quién siente que hace más. A veces empezamos hablando de una tontería y acabamos sacando reproches antiguos, de esos que llevamos tiempo acumulando. Luego nos sentimos mal, pedimos perdón o hacemos como si no hubiera pasado nada. Y vuelta a empezar.

Nos duele discutir delante de los niños, aunque a veces ocurre. Nos miramos después con culpa, con la sensación de no estar haciéndolo bien. Ninguno de los dos quiere este clima en casa, pero tampoco sabemos cómo pararlo.

Antes no éramos así. Antes hablábamos más, nos reíamos,y teníamos más conexión. Había complicidad. Ahora somos un buen equipo logístico, pero emocionalmente estamos lejos. Cada uno va con lo suyo, con su cansancio, con la sensación de que el otro no nos entiende.

La parte sexual también ha cambiado. Ha disminuido mucho. No porque no haya cariño, sino porque no hay espacio. Ni energía. Ni conexión. Nos cuesta hablar de sexo porque sentimos que puede convertirse en otro motivo de discusión. Preferimos no nombrarlo antes que confirmar que algo no va bien. A veces uno se acerca y el otro se aparta. No siempre por falta de deseo, sino por agotamiento, por resentimiento, por heridas pequeñas que no hemos sabido cerrar.

Lo más confuso es que, a pesar de todo, seguimos queriendo luchar por nuestra familia. Cuando uno está mal, el otro está ahí. Nos importamos. Nos preocupamos. No queremos separarnos. No queremos resignarnos a vivir así. Pero tampoco queremos seguir haciéndonos daño.

Hay días en los que pensamos que quizá esto es lo normal. Que todas las parejas con hijos acaban discutiendo así, viviendo más como compañeros de piso que como pareja. Otros días aparece el miedo a que por falta de dedicarnos tiempo el amor se enfríe.

Hemos pedido ayuda porque solos no estamos sabiendo hacerlo mejor. Porque queremos aprender a discutir distinto, a escucharnos sin atacarnos, a entender qué nos está pasando y cómo volver a encontrarnos, también en la intimidad.

Si al leer esta historia te has sentido identificado o identificada, no significa que tu relación esté rota. Muchas parejas que se quieren atraviesan etapas de conflicto, distancia y desgaste. La diferencia está en si se mira a tiempo o se deja pasar.

En terapia de pareja trabajo con personas que quieren mejorar su relación antes de que el cansancio y la desconexión lo ocupen todo. Si sientes que os queréis, pero algo se os está yendo de las manos, puedes reservar una cita conmigo. A veces no se trata de querer más, sino de aprender a quererse mejor.

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Te acompañamos

Las crisis de pareja son uno de los motivos más habituales de consulta, especialmente cuando hay hijos, cansancio y una sensación persistente de distancia emocional. Pedir ayuda no significa que la relación esté rota ni que hayáis fracasado; significa que os importa lo suficiente como para no resignaros a vivir en conflicto permanente.

Si tienes estos problemas, no dudes en contactar y pedir cita a través de nuestro Whatsapp

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